Se le apareció la Virgen

por Soyu Norate

El sacerdote preparaba cuidadosamente los elementos litúrgicos. El novio, en pie delante del altar, oscilaba inquieto. Miraba en todas direcciones mientras hacía rápidos cruces de dedos. Sus familiares e invitados, sentados a la derecha, contrastaban con los de su prometida, que de aspecto mucho más humilde y separados por un pasillo, se concentraban en los bancos de la parte izquierda de la imponente capilla de la Concatedral de San Nicolás, cuidadosamente ornamentada con delicadas flores.  Ya pasaban quince minutos de la hora fijada para el comienzo de la ceremonia, y el eco de los bisbiseos comenzaba a rivalizar con las solemnes notas del Offertorio que el diácono magistralmente extraía con armónicos movimientos del centenario órgano de válvulas. Aunque la interpretación era excelente, los presentes comenzaban a mostrarse inquietos.

Don Senén, entretenido con los abalorios en el altar, miró su reloj con gesto de desagrado. Invitó a acercarse al padre del novio, y le comunicó:

–Lo siento Teodoro, pero no puedo esperar mucho más… tenemos otra boda a las doce y media.

Al ver la cara de preocupación de su marido, Doña Álida lanzó una furibunda mirada a la madre de Elisa, a la que esta, desde el primer banco del otro lado del pasillo, respondió con absoluta indiferencia. Toñi estaba acostumbrada a la falta de humanidad de la familia de su ya casi yerno. La tensión comenzaba a flotar en el ambiente. El bisbiseo ya era un indisimulado murmullo en el lado de los allegados al novio, mientras que a los menos numerosos de la prometida, apenas se les escuchaba. El prelado, tras permanecer absorto unos minutos deleitándose en la contemplación de la impresionante figura del Cristo en la Cruz recién restaurado que presidía la Concatedral, se volvió apesadumbrado a los asistentes. Acercándose al micrófono hizo un gesto de impotencia, disponiéndose a dar por fallida la celebración.

−Queridos fieles, el Santo Sacramento del matrimonio significa la unión de dos personas para el resto de sus vidas. A veces la importancia de esta decisión abruma… −se interrumpió a la vez que todas las cabezas de los asistentes se volvían hacia la entrada.

–¡Bien! −exclamó aliviado, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza al organista.

La novia, ataviada con un entallado traje de un blanco impoluto cuya larga cola era portada por cuatro graciosos infantes, caminaba etérea hacia el altar asida del brazo de su lloroso padre. Distante, ignoraba concentrada en sus pasos las miradas de admiración de la mayoría de invitados, que se incorporaron ante su llegada como manda el protocolo. Doña Álida se volvió a su marido, que contemplaba con la boca torcida a su todavía futura hija política, y le espetó con un susurro:

−La culpa es tuya por no haber ayudado a espabilar a tu hijo. Recemos por que no la preñe antes de cansarse de esa familia tan ordinaria.

−Al menos no negarás que es preciosa… −le contestó con todo dubitativo Don Teodoro.

Ella, contrariada por la respuesta, con los labios muy apretados masculló:

−Sí, hasta que abre la boca.

Su nuera, situada justo a su altura en el banco de atrás, se acercó a su oído y le comentó en voz baja:

−¿Te has fijado en lo mal que luce el frac su padre? Mira los bancos de la izquierda, es patético el contraste que hace “esa gente” con nosotros…

El diácono finalizó la Marcha Nupcial con un improvisado arpegio que provocó la sonrisa de los que ocupaban los bancos traseros. Los familiares más directos, sentados en las dos primeras filas permanecieron impasibles, atentos a los acontecimientos a ambos lados del pasillo central. El señor Juan hizo un acopio de dignidad, y elevando la frente, entregó a su hija al novio, que desesperaba más que esperaba en el altar. Éste, ignorando al que en breve iba a ser su suegro, recriminó con una severa mirada a su prometida.

−Juanito, no son buena gente… −le susurró su esposa cuando, con la cabeza hundida entre los hombros, el abatido padre y padrino de la novia tomó asiento a su lado.

Don Senén no había llegado a prelado por casualidad. Su sagacidad le había ayudado mucho durante su ministerio. Su aguda inteligencia emocional le advertía de que el desafecto entre las familias, iba a ser un elemento perturbador en esta pareja. Con el ceño un poco fruncido trató de asir el micrófono, volcando sin querer el cáliz con el brazo. La simbólica sangre de Cristo se esparció por la mesa, tiñendo de rojo el mantel y salpicando las Sagradas Escrituras que descansaban sobre el ambón. Don Senén recordó contrariado que esto mismo le pasó cuando casó a su joven sobrina con un tipo bastante mayor que ella, que le había parecido un impresentable. Demostrando sus tablas se aproximó al micro, y con desenfado comentó risueño:

−El altar simboliza la mesa donde Cristo celebró la última cena. Nadie puede descartar que el bueno de San Pedro, o el animoso apóstol San Pablo, no volcara algún vaso. Estoy seguro de que vosotros, hermanos en fe, vais a disculpar mi torpeza inspirados en Jesús nuestro Señor, que nos enseña a todos a ser humildes.

Tras comprobar el efecto de sus palabras en los rostros de los sonrientes fieles, prosiguió:

−Queridos hermanos: Llenos de alegría, hemos venido a la casa del Señor para esta celebración, acompañando a Teo y Elisa en el día en que se disponen a celebrar su matrimonio. Para ellos este momento es de singular importancia. Por ellos, invocaremos a Dios Padre, por Jesucristo, nuestro Señor, para que acoja complacido a estos hijos suyos que van a contraer Matrimonio, los bendiga y les conceda vivir en unidad permanente. −recitó con voz premeditadamente pausada.

¡Unidad Permanente!.. Estas palabras retumbaron en la cabeza de Elisa, que, en pie ante el altar, se  masajeaba las sienes. “Por favor, haz un milagro”, suplicó mentalmente a la ornamentada Virgen que, a la derecha del altar, parecía mirarla llena de misericordia.

El sacerdote comenzó a pronunciar un sermón, y muchos invitados se sentaban, postraban y ponían en pie, imitando los movimientos de los fieles más conocedores de la ceremonia lutúrgica. Elisa permanecía ajena enfrascada en sus pensamientos. Antonio murmuró a su hermano mayor en el primer banco de la izquierda:

−Creo que me voy a ir. La forma en que nos miran esa panda de soberbios del otro lado del pasillo, me está sacando de mis casillas… mira nuestra hermana, parece que va al matadero.

Manuel, de carácter más resilente, le recomendó al tiempo que encogía los hombros:

−Toñito, siento la misma impotencia que tú. Por favor, tratemos de no hacer sentir peor a nuestros padres.

Elisa, como si hubiera escuchado a sus hermanos, miró un momento hacia ellos, pero tenía la vista perdida. Escenas con su prometido acudían a su mente: el momento en que su mejor amiga la llamó contándole que “un amigo suyo muy interesante que las había visto juntas la tarde anterior, quería conocerla”. La sedujeron la seguridad y la aparente clase de Teo, se sentía fascinada. Apenas había tratado con gente de mucho dinero. No era una chica ambiciosa, pero la comodidad de su Audi y el desahogo con el que vivía desde que aceptó salir con él, la atraparon. “A medida que nuestras familias se vayan conociendo, y nos vayamos haciendo el uno al otro, todo se irá arreglando, pues aunque muy engreídos, no son mala gente” pensaba inocente Elisa, que no captaba el doble sentido de los irónicos comentarios de que eran objeto tanto ella como su familia, mucho menos sofisticada.

El señor Juan miraba con gesto suplicante hacia el altar. No pasó desapercibida su desesperación para Don Senén, que, sin interrumpir el sermón, levantó un momento las cejas ladeando al tiempo la cabeza.

−Resignación, Juanito… es lo que ella quiere. −le dijo Toñi a su   marido.

Ambos habían estado comentando la pasada noche la conversación de madre a hija que habían mantenido antes de acostarse, en la que Eli, fingiendo alegría, trató de convencerla de que se casaba con Teo porque eso la hacía feliz. Toñi, que aunque sencilla, era una vívida mujer con mucho a sus espaldas, acariciando suavemente su oscuro cabello, le dijo con ternura:

−Cariño, ¿cuánto hace que no duermes bien? Tienes ojeras, y me digas lo que me digas, tu mirada está triste, preciosa…

−¡Mamá! −exclamó Eli−,

−¡No me interrumpas, hija mía, por favor escucha atentamente a la persona que más te quiere en este mundo, corazón de mis entrañas! −hizo una pausa para enjugarse con el pañuelo que guardaba siempre en la manga dos lagrimones que súbitamente habían irrumpido en sus ojos, y prosiguió con tono más pausado:

−Amor mío, tú y yo no necesitamos palabras para saber lo que sentimos. Sólo quiero que sepas una cosa, y que por favor la pienses bien: Da igual todo lo que esa gente haya hecho, da igual que todo esté contratado y organizado, da igual lo que piensen… lo más importante eres tú, y es muy, pero muy importante, que sepas que hasta que no prununcies el “sí, quiero”, eres libre de cambiar de opinión, le duela a quien le duela. No es nada bueno tomar una decisión como esa si dudas o la tomas presionada por las circunstancias, o el temor a fallar a personas que, al fin y al cabo, nos son extraños todavía. Que sepas que toda tu familia te apoyamos hagas lo que hagas. Espero que nuestro amor te de fuerzas para hacer lo correcto. Te amo, cielo mío. Trata de descansar esta noche.

Ninguna de las dos había podido dormir, cada una alimentando sus propios fantasmas. Eli, que permanecía ausente delante del altar, seguía divagando. Sintió un leve estremecimiento cuando recordó que en otro momento, también estuvo a punto de tomar una decisión equivocada, llevada por las circunstancias y la presión de algunas compañeras del taller de calzado donde trabajaba. La encargada quería enchufar a su hija, y era una persona autoritaria acostumbrada a, por ser familiar de los dueños, hacer y deshacer a su antojo. Un día la llamó aparte al terminar la jornada y con expresión torticera le dijo:

−Verás, voy a ser franca. No eres buena aparadora, y lo mejor es que dejes el trabajo y busques algo que vaya más con tu personalidad extrovertida. Tienes buen tipo, y eres agraciada de cara, justo lo que buscan las tiendas de moda… −se colocó los brazos en jarra y tratando de intimidarla con la mirada, aguardó la respuesta.

Eli ya venía notando cierta tensión en el ambiente laboral desde que Andrea, la hija de Carmen, estuvo de visita interesándose por las diferentes tareas, y una de las compañeras oyó que le decía a su madre a modo de despido:

−Pues nada, mamá. Eres la jefa, ¡a ver si me metes!

La faena mejor remunerada y más entretenida era el aparado, y notó cómo sus dos compañeras de oficio le iban haciendo poco a poco el vacío.

Estaba a punto de llorar. La mirada de la encargada la hacía sentirse diminuta. Iba a responderle que sí, que le diera unos días para firmarle el finiquito, cuando un sonido llamó la atención de ambas… Las notas de su canción favorita, “Inolvidable” de Tito Rodríguez, silbadas magistralmente por un joven que entró en el taller a dejar unas cajas de suelas, llenaron de color el gris ambiente generado por la estupefacta encargada, que en vez de deleitarse con la armonía de la vibrante melodía, amonestó airada al muchacho:

−¿Qué forma de entrar en los sitios es esa?

El, sin variar un músculo del rostro dejó las cajas en el suelo, y tranquilo se dirigió a ella, tendiéndole la mano con el albarán mientras le decía con voz conciliadora:

−Desde luego más amable que la suya de mirar… tiene a la pobre chica aterrorizada.

Ambos permanecieron unos largos segundos mirándose retadores, tras los cuales la encargada le espetó mientras firmaba la entrega:

−Anda, márchate chaval, que tengo el día caliente.

El apuesto joven, haciéndole una burlesca reverencia a la enojada Carmen, que no había variado su posición de brazos en jarra, tras guiñar un ojo a Eli, desapareció silbando “Inolvidable” retomándola desde el mismo punto en que la dejó.

El influjo del muchacho infundió desconocidas fuerzas a la joven empleada, cuyo rostro ahora expresaba determinación. La encargada enseñaba los dientes todavía, cuando la aparadora le espetó con voz segura:

−Mira Carmen, soy prudente, pero no tonta. Si quieres tirarme, me tendréis que pagar la indemnización por despido improcedente.

Cuando Eli dio la espalda a la histérica encargada y se dirigió con paso firme a la puerta, sólo tenía en el pensamiento el silbido del guapo muchacho. No sabía por qué razón, después de lo acontecido estaba de tan buen humor.

−¡Elisa! −la aludió el prelado casi gritando−.

−Perdón, padre, −se excusó Eli cabizbaja, volviendo a la realidad.

Girando la cabeza tímidamente, miró de reojo a los invitados, que, sentados en silencio, la miraban expectantes.

−Elisa, te lo voy a repetir y quiero que te pienses bien la respuesta, −pronunció la frase con mucho énfasis− ¿quieres recibir a Teodoro como esposo, y prometes serle fiel, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

El joven Teo contemplaba de brazos cruzados a su temblorosa novia, mostrando cierta impostura. Ella, a su lado, había vuelto a ausentarse. Observándola, pensó: “He llegado hasta aquí por rebeldía. De no ser por la oposición de mis padres, estoy seguro de que la habría dejado tras el decepcionante viaje en el que me hizo quedar en ridículo ante todos mis amigos, relacionándose más con los empleados del lujoso Resort que con nuestro grupo”. Ese pensamiento provocó un involuntario gesto de arrepentimiento  en el pétreo rostro del novio, que no pasó desapercibido a los tristes ojos de Toñi –su futura suegra- que aunque húmedos por las lágrimas, destellaron emitiendo un brillante fulgor.

El silencio en la amplia capilla espesaba el aire. Comenzaba a ser irrespirable para la novia. Eli, como en un último intento de eludir responder al sacerdote, miraba los arcos de la alta bóveda de la Concatedral, adornada con preciosas vidrieras cuyos mosaicos formaban las dramáticas imágenes que antaño servían para ilustrar sobre pasajes del Nuevo Testamento a unos fieles en su mayoría analfabetos. Una santa que levantaba el dedo mientras miraba compasiva a una niña, le recordó las palabras de su madre la noche anterior.

Con un osado movimiento de cabeza, giró la vista hacia los primeros bancos de la derecha, pero al tropezarse con los severos ojos de su suegra, que parecían querer fulminarla, miró al suelo y se dio la vuelta lentamente para tomar el micrófono. Con cara de resignación miró a Don Senen, que la observaba  preocupado.

Eli, dirigiéndole una fingida mirada de determinación al prelado, tomó aire para emitir una sílaba que parecía atragantarse en su boca, cuando de repente, se erizó todo el vello de su cuerpo… No podía ser… miró hacia el palco superior, de donde parecían llegar esas vibrantes notas, y… ¡Ahí estaba él! tranquilamente recostado sobre sus brazos apoyado en la maciza barandilla de madera, silbando “Inolvidable”.

Los invitados de ambas familias contemplaron atónitos desde los bancos cómo, tras unas breves palabras entre los novios, Teo besó cariñoso la mejilla de Eli, y ella, tras intercambiar una mirada cómplice con Don Senén y detenerse un momento ante la Virgen para agradecerle el milagro, marchó radiante por el ancho pasillo que conducía al enorme portón de salida, sin siquiera volver la cara hacia los que casi habían llegado a ser su familia política.

–Por cierto, ¿Qué hablaste con tu ex en el altar después de verme? –le preguntó José a Eli mientras en la intimidad de su humilde hogar celebraban la próxima visita de la cigüeña.

–Intenté darle una breve explicación para salir del paso, pero no hizo falta. Interrumpiéndome, me dijo que mi expresión al oír tu silbido, hacía innecesarias las palabras. Tras una cómplice mirada llena de perdón que nos colmó de paz, nos deseamos lo mejor. –le confesó acurrucada en sus brazos mientras acariciaba el tenue vello de su curtido pecho.

–Por lo que más quieras, amor mío, sílvamela otra vez, anda… –musitó al oído de su feliz marido, al tiempo que lo colmaba de besos.

Fin.

Anuncios