Perderlo todo por un polvo.

por Soyu Norate

El empresario Jaume Millet ha sido hallado muerto en su domicilio junto a un antiguo ex-socio en extrañas circunstancias. Las primeras hipótesis sugieren que el socio, tras disparar al empresario, se ha suicidado. La investigación inicial ha relacionado de forma casual al difunto Millet con una organización criminal dedicada al tráfico de narcóticos a gran escala”.

La mañana en la que Juan volvió era fría. Llovía a cántaros cuando él abrió la puerta y se quedó plantado en el umbral. El temor de confrontarse a su mujer después de dos días de desenfreno sin dar señales de vida en su casa, le empujaba a volver sobre sus pasos, e ir a buscar el calor de su incondicional hermana, fiel aliada a la que ocasionalmente recurría para tratar de aplacar la ira de su esposa tras sus frecuentes escarceos con la mala vida.

Sabía que además llegar empapado y ensuciarle el lujoso y bien pulido suelo de mármol, constituía un serio agravante que iba a airarla aún más. Ese preocupante detalle, en vez de amilanarle, le serviría de argumento para -como acostumbraba a hacer durante las frecuentes broncas con ella- desviar la discusión del tema que le dolía tocar de frente, ya que sabía que carecía de defensa.

Un golpe de viento arrastró por la parcela un mojado y sucio balón de plástico hasta dar con sus pies cuando había iniciado el retorno al lujoso Bentley, que poco antes había aparcado al lado del Jaguar de la antaño feliz consorte, bajo el  techado espacio destinado al estacionamiento de vehículos en el ala lateral izquierda del ostentoso chalet. Tomándolo como si pesara mucho, lo apretó contra su pecho sin importarle las consecuencias sobre su ya desaliñada camisa, y rompió a llorar como un niño.

Era consciente de que su desordenada conducta no era la propia de un adulto casado, e incompatible con una familia de clase alta que aspiraba a vivir en armonía. Mientras lloraba, volvió a maldecir con rabia al amigo que lo metió en esa porquería, y que alimentando su vicio, había conseguido quedarse con todo su patrimonio, convirtiendo su maravillosa vida en un camino de frustración y fracaso que incluso le había llevado a perderse la primera infancia de su hijo, mientras él brillaba como un personaje poderoso e impoluto en los medios de comunicación.

 El llanto le proporcionó un alivio emocional que aplacó su ira, redujo su sensación de impotencia y le aportó la fortaleza de ánimo suficiente para derrotado, cruzar el sobrio umbral de la vivienda con la cabeza baja, presto a aguantar otra buena reprimenda de su decepcionada esposa.

Encontrarla sentada con faz impasible a su llegada lo desconcertó, pues lo usual era que en esas circunstancias le formase un circo, pero esta vez algo parecía distinto. Sumiso, dio unos breves pasos para recorrer la corta distancia que había desde la ornamentada entrada hasta la cómoda y minimalista zona de butacas del amplio y bien decorado salón de tres ambientes, y abatido, se detuvo ante ella.

Mar era una espectacular mujer nacida y criada en el seno de una bien avenida familia de clase media. Cuando terminó sus estudios universitarios, el destino y su portentosa belleza la llevaron tras ganar diversos certámenes relacionados con el mundo de la moda, a ser un personaje frecuente tanto en los medios dedicados al famoseo, como en los exclusivos saraos donde se codeaban ricos y famosos.

Fue en uno de estos eventos, concretamente en la boda de Martina Salas con el reconocido empresario catalán Jaume Millet, donde lo conoció. Era un bonito día de abril, sonaba una preciosa versión de “Corcovado” interpretada por Tom Jobim, y el ágape ofrecido por los novios era digno de mención en las academias de hostelería.

Jetset

La recepción se situaba en los jardines del antiguo castillo reconvertido en un lujoso espacio dedicado a la celebración de todo tipo de actos que precisasen desenvolverse en un lugar muy elitista, cuyo entorno resaltase el glamour y la clase de los asistentes. Un periodista acreditado para estar en el evento, acompañado de su fotógrafo buscaba con la vista entre los más de trescientos invitados  a los famosos más relevantes, y los abordaba sin contemplaciones interrumpiendo de forma un poco impertinente algunas conversaciones. La mayoría de presentes sonreían encantados al fotógrafo o posaban tratando de que éste reparara en ellos, y se acercaban de motu propio al conocido reportero dedicándole halagadores comentarios mientras él, ignorando a muchos, tomaba constantes apuntes que escribía a mano en una sencilla libreta.

Mar había sido invitada como tantas otras personas desconocidas para los novios, pero cuyo perfil asociado al éxito tiene un importante papel estratégico en el ostentoso decorado vacuo de reales afectos que son en realidad estas sofisticadas reuniones con fines espurios, disfrazadas de sanas e inocentes celebraciones de gente guapa, que quiere aparentar que forma en conjunto una bien avenida familia.

Se había puesto para la ocasión un elegante vestido palabra de honor de color azul cobalto que estilizaba aún más su perfecta figura y conjuntaba con sus ojos, su negra y cuidada media melena, y con el magnífico topacio montado en platino que lucía en el dedo corazón de su mano derecha, regalo de un rico empresario hostelero veinte años mayor que ella con el que acababa de romper. Estaba concentrada en el sabor del excelente canapé de salmón noruego ahumado con leña de enebro sobre lecho de mantequilla de oveja culminado con una generosa cucharada de oscuros granos del mejor beluga iraní, y divagaba sobre qué oscuro pacto le daba autoridad al soberbio periodista para, casi con descortesía en algunos casos, hacer pasar a todos los personajes cotizados en los medios por el fotocol.

Como si le hubiera leído el pensamiento, un apuesto varón con aspecto desenfadado y quizás un poco informal para la categoría del evento, tras beberse de un trago la copa de Don Periñón que uno de los omnipresentes aunque impecables y discretos camareros que atendían esa parte del recinto acababa de ofrecerles, comentó a su lado:

– Víctor Paredes es un impresentable, pero su revista ha comprado la boda por una fortuna, y que él cubriera el evento era condición sinecuanon para la firma del jugoso contrato. Por cierto, permíteme presentarme: soy Juan Cienfuegos.

Al mismo tiempo que él besaba respetuoso y cálido sus mejillas, el cielo se llenaba de fuegos artificiales envolviendo con luces de colores y emocionantes estallidos a los elegantes invitados, que con sus trajes de ensueño brillaban como luciérnagas dispersos por los soberbios jardines del castillo.

El inesperado espectáculo de luces y explosiones, junto al varonil aroma del atractivo desconocido y las dos copas de champán, indujeron a Mar a sentir un agradable y eufórico bienestar que no podía definirse a sí misma, al consistir en una ecléctica mezcla de emociones difíciles de aislar, pero que en conjunto la  empujaban a mostrarse muy receptiva a Juan.

Éste, tras presentarse, le comentó que había asistido coaccionado por su socio, que consideraba una ofensa que declinara la invitación a su enlace. Ella, cuyo cálido rostro parecía emitir luz, más que escuchar, se deleitaba con la armoniosa cadencia de su voz grave y viril. El aviso de que era el momento de pasar al gran salón imperial y tomar asiento en la mesa designada por los organizadores, interrumpió el mágico momento.

– Me gustaría mucho que fueras mi acompañante durante el banquete, le pidió Juan directo y seguro.

– Me encantaría, pero me temo que los asientos han sido asignados por los novios… expresó Mar dubitativa, aunque claramente satisfecha por la petición.

– Deja los detalles de mi parte, pues el novio “me debe mucho”… Creo que acabo de enamorarme de ti, y estoy dispuesto a mover cielo y tierra para que nos conozcamos.

Estas palabras pronunciadas sotto voce por un apasionado Juan mientras la asía delicadamente pero con fuerza por el brazo y aproximaba la cabeza a la suya, la hicieron sentir un mini-orgasmo que la hizo tambalearse levemente aunque de forma perceptible, haciéndole olvidar el claramente irónico comentario sobre la extraña deuda del novio hacia él, y que, como el referido a su obligada asistencia, le había parecido cargado de rencor.

Fue el comienzo de una relación en principio armoniosa y llena de amor de la que pronto nació un precioso retoño, pero que se fue tornando insatisfactoria y tortuosa a medida que Juan se hacía más vulnerable a su debilidad: la maldita cocaína.

Para ella era muy doloroso haber sido un testigo tan directo de la degradación moral y la pérdida tanto del patrimonio y la salud mental, como de los primeros tres años de vida de su hijo, ya que desde que nació, apenas había reparado en su existencia. Conoció a un maravilloso hombre lleno de virtudes que lo había conseguido todo en la vida y la había hecho ser una feliz madre orgullosa, pero día a día lo iba tirando por la borda junto a su dignidad.

Al principio el consumo era esporádico, y ella, que desconocía prácticamente todo sobre la droga -salvo que era mala y enganchaba a la gente-, le creía cuando afirmaba que era una especie de bálsamo social casi obligado en sus reuniones de negocios, y también cuando aseguraba que él no iba a caer en la dependencia. Cada vez era más frecuente que llegara muy sudado y excitado queriendo tener sexo, pero la mayoría de las veces sin conseguir que su pene alcanzase la erección suficiente para poder consumar el coito.

Tras algún tiempo en el que se comenzó a deteriorar la relación por el cambiante e inestable ánimo de Juan, Mar acudió a un profesional que, al explicarle la conducta y los síntomas que veía en él, le preguntó si además de eso se había vuelto más introvertido, y al obtener una respuesta positiva de ella, diagnosticó que éste estaba entrando en la fase aguda de la adicción. Intentó razonar muchas veces con su marido, pero éste negaba vehementemente “estar poniéndose a escondidas” y la mentira se instaló en su casa a partir de entonces de forma permanente. Cada día que pasaba, era más madre que esposa, y esta dramática situación la estaba haciendo enfermar.

Él, con el trascurso de las semanas iba abandonándose cada vez más, de ser un apuesto y bohemio galán, había pasado a convertirse en un nervioso y desaliñado gañán cada vez más hosco e irracional. Esta vez había llegado demasiado lejos, rebasando su capacidad de aguante. Había estado los dos últimos días  sentada casi perenne en su cómoda butaca en el salón sin apenas moverse salvo para comer un poco o ir al baño. Mascullaba sus cavilaciones sobre cómo le iba a comunicar su drástica y taxativa decisión.

Esa mañana después de la ducha, se miró en el espejo y vio a una mujer con ojeras y expresión de estar cansada de la vida, en vez de a la alegre Mar de iluminado y terso rostro: – Juan Cienfuegos, ahora eres pasado, le espetó a su reflejo.

Escuchó el motor de su coche, y viendo que tardaba en entrar se asomó a la ventana. Observó que como otras veces, llegaba con la ropa arrugada y llena de manchas, mientras agarrado al balón de su pequeño, lloraba desconsoladamente.

Le sorprendió que la lástima que poco antes sentía por él, se hubiese tornado un patético sentimiento de asco mezclado con trazas amarillas de vergüenza ajena.

Repasando mentalmente el discurso que había preparado para la ocasión, esperó a que atravesara el umbral de la casa. Cuando vio ante ella a ese despojo de persona que un día fue un digno y apuesto hombre bien situado capaz de enamorarla hasta la médula, sólo le salieron dos palabras.

– Se acabó.

Tan solo esas dos palabras emitidas dramáticamente pero de forma muy convincente y sin rencor por la mujer de su vida, tuvieron el poder de clarificar su mente, y que por un momento una chispa de lucidez brillara en sus ojos. Efectivamente, se acabó. Recordando que siempre había sido un hombre de conducta elegante hasta caer en el maldito vicio, asumió que simplemente había llegado la hora de apearse de una vida que seguía pareciendo envidiable para los que de una forma u otra lo conocían.

En dos segundos le pasó la película de su vida por la mente en una sucesión de rápidas escenas, como le ocurre a menudo a las personas que se sienten próximas a la muerte. Imágenes de cuando era un respetado y admirado empresario que atraía como moscas a todo tipo de mujeres, imágenes desagradables de sí mismo consumiendo y degradándose cada vez más, hasta verse acabado mientras la persona que le había metido en eso, se le aparecía con un sombrero de copa muy alto, señalándolo con el índice mientras se reía de él a carcajadas. Lo había perdido todo, hasta su inteligente y bella mujer, gracias a cuyo patrimonio e ingresos no estaba tirado en la calle… Pero todo esto tenía un claro culpable además de su propia estupidez…

Antes de que su patética decadencia trascendiera su círculo más íntimo y se convirtiera en un titular sórdidamente magnificado por los medios sensacionalistas, decidió bajar el telón y poner un final apoteósico a una función que sentía debía haber acabado el día que se salvó por los pelos de caer por un enorme precipicio en un cruce con un camión conduciendo su anterior Cadillac, en pleno apogeo.

Se acercó mansamente a Mar, tomó su fría mano derecha entre las suyas, y tras pedirle perdón por no haber podido ser un buen esposo y padre, se despidió con un cálido beso en su mejilla dedicándole una última mirada llena de amor. Antes de salir pasó un momento por su despacho. Dudaba si la clave de la caja fuerte donde guardaba la Magnum 45 que le había dado fama de excelente tirador olímpico, era su fecha de nacimiento o la de su frustrada esposa.

Seguía lloviendo  a cántaros cuando él abrió la puerta y se quedó plantado en el umbral. El aire fresco de la mañana golpeó su sereno rostro, cuyo gesto expresaba determinación. Consideró innecesario despedirse de su pequeño, al que apenas conocía, y se sintió por primera vez en mucho tiempo un hombre libre. Como colofón a su vida, iba a hacer un último servicio a la humanidad…

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