Pepe “el Vampiro”

por Soyu Norate

Yo creía que en nuestro círculo a Pepe Cortés lo llaman  el vampiro porque se parece a Christopher Lee y tiene las paletas muy cortas. En su boca, cuando ríe – lo hace de un modo muy peculiar e intenso – destacan mucho los colmillos. Pero no, estaba equivocado y lo explico desde el principio:

Nunca había hecho ningún tipo de relación con Pepe antes del año dos mil seis. Mi trato con él había sido hasta ese momento siempre muy superficial, ya que éramos conocidos por compartir algunas amistades comunes. De hecho, ese día fue la primera vez que nos citábamos a solas para tomar un aperitivo. Lo hicimos en el Cucas Bar, lugar que invitaba a la cordial tertulia y que frecuentaba nuestro grupo de amigos. Pepe era un hombre con cierto atractivo personal, en apariencia bastante educado y muy amable, aunque algo alambicado. Tenía una empresa de venta de hardware al por menor con tres tiendas en Madrid y pensaba replicar el negocio en provincias cercanas. Pero no contaba con recursos suficientes para hacerlo sin recurrir a financiación de terceros.

Según me hizo saber de una forma íntima y ceremonial en nuestro primer encuentro en aquel bar un viernes a medio día – No se me olvidará nunca porque coincidía con el décimo aniversario de mi matrimonio – pensó en mí como posible socio por mi aparente gran capacidad, mi excelente trayectoria profesional, por mi excelente currículo y porque sabía que juntos íbamos a alcanzar el éxito. Y lo mejor ¡Yo no tenía que poner un euro en la empresa!  Eso fue lo que me dijo. Es indudable que es un artista de la palabra, todo un encantador de serpientes y tiene un gran poder de convicción, además de una excelente imagen.

¡Bueno para socio! Me sentí muy halagado con sus afirmaciones sobre mí, porque ¡Lo envolvió todo tan bien!

Le dije que contara conmigo y nos despedimos muy efusivamente. El resto del día lo pasé meditando sobre el negocio y la propuesta de Pepe. No me había dado cuenta pero había alterado mis emociones. Me inculcó una gran ilusión que exaltó mi ánimo y percibieron amigos y conocidos, algunos de los cuales se preguntaron por la razón de mi optimismo. Cuando les hablé de la propuesta de Pepe un poco por encima, noté que los que lo conocían más que yo se pusieron un poco tensos.

Hubo dos personas del grupo que alertados me recomendaron que fuera cauteloso,  que no era lo que  parecía, que tenía doble personalidad, pero nada en concreto que aportara pruebas. Y como literalmente “me había enamorado profesionalmente de él”, le concedí el beneficio de la duda. Lo llamé para tomar un café después del almuerzo y le pregunté abiertamente a la primera ocasión, nada tomar ambos asiento en una bonita terraza, que por qué había gente que me prevenían sobre él.  Le pregunté indirectamente si tenía algún enemigo. Lo hice solapadamente para no herir su susceptibilidad. Soy bastante tímido y retraído con los demás. Normalmente ante un comentario de esa naturaleza venido de alguien que merece mi credibilidad, no sigo profundizando en la amistad con gente dudosa.

Provoqué un siguiente encuentro con Pepe con la excusa de aclarar algunos puntos. Cuando abordé el asunto de las dudas que habían generado en mí ciertos comentarios negativos sobre él de personas allegadas, su respuesta fue en principio la ignorancia y hacerse el “extranjero”. Dijo: ¿Yo? No sé de que me hablas. No me interesan ni los cotilleos, ni la gente que se anda con ellos. Yo voy a lo mío.

Por mi parte, consideraba que si iba a hacer sociedad con alguien, debía tener muy claro quién y cómo era. Insistí esta vez con mucha claridad en mi exposición:

– Mira Pepe, no es por nada, pero si voy a trabajar contigo necesito conocerte lo bastante para saber que todo está en orden. Los sujetos que me han hecho esos comentarios merecen al menos tanta credibilidad como tú, y realmente me gustaría saber porqué hablan así de ti. Me resulta muy atractiva la idea de trabajar contigo, y por eso, concediéndote el beneficio de la duda, te doy oportunidad de que te expliques si quieres, y si no pues tampoco tienes por qué hacerlo, le afirmé.

Pepe es una persona muy expresiva, de esas que son capaces de trasmitir intensamente sus emociones a los demás a través de la expresión facial y el lenguaje gestual, y en ese momento su rostro era el puro reflejo de la humildad. Me comentó compungido: Ciertos individuos que no han tenido la misma vida que yo, no me aceptan. No les agrada que alguien sin carrera y sin papás con nombre y herencia, llegue a donde he llagado yo. La gente es clasista y envidiosa por naturaleza. Los que te han dicho eso pertenecen a ese grupo ¿Verdad?. Su gesto se tornó seguro, continuó: Soyu, te considero una persona realmente inteligente y te aprecio. Aunque nunca hayamos sido amigos íntimos, siempre te he admirado. Dime quiénes son, no te preocupes que no me interesa para tomar represalias, no les voy a recriminar. Es sólo para demostrarte que estoy en lo cierto. Dímelo y verás.

– Pepe, yo no te voy a decir sus nombres. Siendo así, no tiene mayor importancia. Te creo. La gente a veces habla de más, le dije conmovido por su humilde expresión y sus envenenados halagos. De hecho estaba en lo cierto de alguna manera, todos hemos escuchado comentarios de envidiosos alguna vez. Pero también los que me advirtieron sobre él no daban ese perfil… Bueno, seguiremos teniendo a Pepe un poco en cuarentena, pero ¡Es tan encantador! Aunque no haga nada con él, me encantará disfrutar de su compañía, razoné para mis adentros .

Su cara sonriente se iluminó dejando entrever sus colmillos. Se tornó la pura expresión del reconocimiento y la amistad: No me he equivocado contigo ¡Sabía que eras inteligente! Dijo mientras me propinaba unas palmaditas en la espalda que me hicieron sentir un poco incómodo. Pero ¡Parecía tan sincero! Sin darme cuenta comencé a abrirme a él.

A los tres días exactos – el sábado concretamente – me llamó por la tarde para invitarme a una partida de bolos ¡Qué casualidad, uno de mis entretenimientos favoritos! Le contesté que había acertado con el juego, pero no con la fecha, ya que los no laborables los dedico a compartir con mi esposa. Quiso conocer las razones de mi casi amonestadora respuesta, y le advertí que el fin de semana me debo a mi familia. Se mostró muy sorprendido y me dijo que tenía mucho que aprender, que estaba deseando compartir más tiempo conmigo para enseñarme muchas cosas de la vida. No pude negarme bajo riesgo de quedar como un calzonazos.

Acordamos encontrarnos en la Plaza de la Paz en media hora, y dando una vaga excusa a mi mujer agarré la cazadora con prisa y abandoné el domicilio. Qué poco me gusta la gente impaciente que aprieta con el tiempo, pero ¡Pepe tiene tantas ganas de mi compañía! Pensé para autoconvencerme de su buena intención. Había mucho tráfico en Madrid, así que decidí ir en metro. Estaba a dos estaciones y además no habían demasiados transeúntes, con lo cual me sobraron cinco minutos que dediqué a saborear un Cámel, mi asesino particular.

Me fumé cinco, porque llegó media hora tarde. Lo hizo justo cuando ya comenzaba a maldecir en voz alta el momento en que se me ocurrió salir de mi casa con prisas un sábado en horas de siesta para ir a ver a un casi desconocido, por agradable que fuese. Me dio las buenas tardes con tal sonrisa que me desarmó. Toda la testosterona que había generado durante la espera desapareció en el momento en que le dije: – Pepe, llevo casi media hora esperándote – y con faz  conmovedora me contestó con unas exclamaciones que en principio me parecieron fantasiosas. Aludían a una mendigo que tenía un bebé a los que casi ha salvado la vida. Dijo que usaba a su retoño para despertar lástima en los concurrentes y estimularles a entregarle su óbolo, y bla bla bla. Siete u ocho frases bastaron para que me sintiese un miserable por haber dudado de su puntualidad.

Aparentaba ser la mismísima dignidad en persona. ¡Qué bruto soy, y qué bueno que es Pepe! Concluí. Contento de gozar de su compañía, nos dirigimos a jugar la partida acordada.

Nunca había estado en esa bolera. Era lujosa, amplia, con una decoración exquisita basada en cuadros con imágenes de escenas de películas de cine clásico, y había un ambiente estupendo que invitaba a relajarse. Enseguida comencé a disfrutar del juego. Pepe aunque era un pésimo rival, sabía cómo halagar mi habilidad recompensando con Bravos y Hurras cada bolo que yo derribaba. Hasta en las malas tiradas en las que sólo caía uno, me los dedicaba con admiración.

A la segunda partida le propuse dejarlo porque yo no disfrutaba. No era rival para mí y me aburría. Para un competidor de mi nivel, su juego era demasiado pésimo. Se mostró encantado de que dejásemos de hacerlo y nos sentáramos a tomar un  café. Eso creía yo… por narices ante su desagradable insistencia tuve que pedir un whisky. Me expuso que sentía desconfianza hacia la gente que no ingiere alcohol. No te fíes nadie que no bebe nunca, Afirmó con misterio y una buena dosis de suspicacia. Esa frase la había escuchado en alguna película, de hecho creo que se la recordó uno de los cuadros de Bogart que colgaban en la pared detrás de la barra, pero lejos de pensar que Pepe la repetía, se la adjudiqué apreciando la metáfora que él corroboraba con su “supuesta experiencia”. Estaba convencido de que iba a aprender de él lecciones muy sabias. Gran hombre Pepe, si señor, pensé. Cuando llevábamos dos whiskys y comenzábamos a estar achispados, pasó a hablarme de sus planes:

– Primero abrimos dos tiendas más aquí en Madrid, en el barrio de Salamanca, que no lo estamos tocando. La gente que vive allí ya no tiene el poder adquisitivo de antes. Ahora comprarán nuestros PCs clónicos sí o sí. Luego montamos en Toledo, que tengo un local visto por quinientos pavos de alquiler mensual y es ideal. Con los sueldos de ahora, con mil quinientos pagamos hasta la letra de la reforma del local, y en un año más estamos funcionando en tres o cuatro ciudades. Hazme caso que soy experto, conozco mi negocio. – Pero, ¿Y el dinero para eso? – Le pregunté, ya que según me había dicho no tenía que poner un euro.

– Mira Soyu, yo lo que digo es siempre verdad ¡NO TIENES QUE PONER UN PAVO, CERO! Mis negocios son tan seguros que el banco me da lo que quiera. Puedes ver mis declaraciones anuales, y te voy a enseñar un certificado de hacienda para que veas que lo tengo ABSOLUTAMENTE TODO en orden. Si desconfías de mí, mejor lo dejamos estar…  exclamó mirándome con semblante digno y enojado a la vez en una mezcla ecléctica que transmitía mucha preocupación.

Caí en la trampa como un palomo ¡POR SUPUESTO QUE NO DESCONFÍO, PEPE! ¡Por favor, puedes contar conmigo totalmente! Casi le supliqué. – Sólo preguntaba porque me comentaste que no tenía que poner dinero, y esas inversiones hay que financiarlas de algún modo – ¡Claro, claro! Exclamó Pepe. Tú no te tienes que preocupar de nada, porque esos detallitos son minucias que arreglo yo con los bancos. Cada una de mis tiendas vende más de mil euros diarios, y la mitad son ganancias ¡Me reciben con el culo abierto en todas las sucursales! Exclamó lleno de orgullo.

– Yo a ti te necesito por tu alta cualificación para compartir las riendas del negocio, dado que solo no puedo con todo.  ¡Qué artista era Pepe! Con esa expresión convencería al mismo Rey de que la república es la mejor opción para el país. Mala cosa… comenzaba a necesitarlo emocionalmente. Sus halagos me elevaban al Cielo. Convinimos firmar ante el notario a la semana siguiente el traspaso a mi nombre del treinta por ciento de las participaciones sociales de su empresa  por una cantidad simbólica.

Él haciéndome el regalo de mi vida, y yo, con andándome con suspicacias a cambio. Soy lamentable, pensé.

Antes del día de la firma de la transacción nos vimos dos o tres veces para tomar un piscolabis y charlar un rato. No me gusta beber, y aunque lo hacía por que él no se sintiera incómodo tomando solo, me molestaba mucho la pequeña resaca posterior. Además no me gustaba la sensación de estar ebrio. Pepe, con ciertos comentarios machistas y actitudes casi insolentes para con las normas sociales, comenzó a no parecerme tan atractivo como persona, aunque reconozco que seguía siendo encantador. Quedamos un viernes en que el Martes siguiente nos encontraríamos en la calle Legazpi esquina con Quevedo para acudir al notario, que estaba situado en las inmediaciones de la salida del metro.

El sábado por la tarde me encontraba en mi domicilio disfrutando del matrimonio y la paternidad, cuando el teléfono móvil con su locución típica de robot sobre un tema clásico  que uso como politono, comenzó a sonar: – PEPE INFORMÁTICA, PEPE INFORMÁTICA, PEPE INFORMÁTICA. ¡Este hombre empezaba a tocarme las narices! Murmuré en voz baja antes de descolgar:

– Hola Pepe, tengo por costumbre pasar los sábados en familia, te vuelvo a comentar. Disculpa pero el fin de semana no salgo con amigos. Se lo espeté con decisión en un alarde de valor, pero él continuó insistente: Soyu venga hombre, sólo unos minutos, por favor, tengo algo muy importante que decirte. Diez minutos, si quieres voy a por ti y tomamos algo, no seas susceptible. Si te llamo es porque necesito hablar contigo, y será sólo un momento, por favor… me comentó con voz apurada. Total que acepté ir a verlo casi en contra de mi voluntad, ya que me empezaba a dar cuenta de que podía ser muy insistente hasta conseguir lo que quería.

Pasaba ya más de un cuarto de la hora acordada sin que apareciera. Sentado en la barra del bar donde habíamos quedado, tomaba el café que nada más llegar pedí para evitar que me conminara a beber whisky una vez más. Mientras divagaba sobre Pepe, decidí que era definitivamente un personaje poco confiable. Justo cuando cansado de esperar pasado el tiempo de cortesía pago y me dispongo a abandonar el local, observo que estaba charlando tranquilamente con una atractiva mujer bastante más joven que él en la puerta. Comenzaba a enfadarme. Ni empresa, ni participaciones ni leches en vinagre. Su informalidad comenzaba a olerme a chamusquina. Él, cuando se apercibió de mi presencia, me saludó como si tal cosa y continuó cambiando impresiones con la linda muchacha. Por cierto, tenía un físico estupendo que era resaltado por un entallado vestido que revelaba sus sinuosas curvas. Cuatro o cinco minutos más tarde se dignó a finalizar el parlamento con la bella rubia susurrándole un misterioso comentario tan próximo al lóbulo de su oreja que la hizo estremecer levemente. Lejos de desagradarle esa osadía, esta le devolvió una provocadora sonrisa a la que él correspondió relamiéndose el labio superior en un gesto casi obsceno. ¡Pero si está casado! Pensé sorprendido.

– ¿Has visto? ¡Está cañón! He quedado con ella. Me comentó con gesto sagaz cuando al fin se dignó a atenderme.

– Pepe ¿Tú no estás casado? Le pregunté. – Estoy como reza en mi perfil en facebook en una relación abierta. Mi mujer es cubana, tiene dieciocho años y es muy liberal -. Esa respuesta desmontó la imagen que yo me había formado de él. De repente me di cuenta de que lo había idealizado como una persona volcada en su trabajo, con una familia tradicional y una vida corriente. Esa era la imagen superficial que él procuraba trasmitir, pero a medida que lo conocía iba descubriendo que era un hombre imprevisible. Cuando manifesté ligeramente mi sorpresa por su estilo de vida, me argumentó mil razones indicándome que la mayoría de personas en esta sociedad somos reprimidos que andamos equivocados perdiéndonos los placeres de la vida de una forma tan taxativa que me sentí intimidado. No tuve más remedio que aceptar su invitación a probar el nudismo al verano siguiente “cuando abriéramos en Benidorm”. Lo que yo decía, un verdadero artista. Me había vuelto a elevar al Cielo.

Ese Sábado llegué a mi casa bebido a las tres de la mañana. Mi mujer empezaba a cabrearse de verdad con el tal Pepe. Convine con ella que no volvería a ocurrir.

El martes habíamos quedado a las once en un bar justo bajo la notaría en pleno centro. Me sentía algo cabreado porque debido al anuncio de huelga en el metro fui en coche, y anduve más para llegar al bar desde el parking donde encontré plaza de aparcamiento que si lo hubiera hecho desde mi casa.

Apareció muy apurado cuando acababa mi refresco. Como las veces anteriores, llegó tarde. Me urgió enseguida a que marcháramos. Según me comentó teníamos que pasar por el banco para firmar “una cosita nada importante”. Por el camino me fue contando que había surgido una oportunidad de franquiciarnos a un importante mayorista y que íbamos a firmar una “Policita de crédito” para financiar la operación. No había tiempo para pensar. Era según decía una oportunidad única.

Ante semejante mazazo -pues nunca fui estúpido y era consciente de que al firmar eso asumía un riesgo importante- teniendo ya un pie dentro de la entidad bancaria, me paré en seco y argumenté para ganar tiempo que no llevaba la documentación precisa, que estaba casado en gananciales y que tenía que hablarlo con mi esposa. ¡Para qué dije nada! Primero Pepe me espetó sorprendido que pensaba que no era tan tonto, que un día me iba a ver en la calle “solo y pelao”, como tantos “gilis” que conocía que habían sido desplumados por su “parienta”. Casi me gritó que lo primero que tenía que hacer era una separación de bienes, y no sólo por prevenirme de la codicia que él le suponía a mi mujer, también porque con los negocios… nunca se sabe.

– Por la documentación no te preocupes, lo único realmente necesario en tu caso es el D.N.I., y como lo aportaste a notaría para la transacción de las acciones de la empresa a tu nombre, me tomé la libertad de bajar aquí una copia. ¡Venga hombre, que lo tenemos a huevo! Me dijo con una malévola sonrisa.

Me sentí perdido. Me tenía absolutamente subyugado emocionalmente. Entré en la moderna sucursal, y la amable directora ya nos estaba esperando. Casualmente era una antigua conocida mía de los tiempos del funkie con la que no coincidía hacía ya más de quince años. Tenía toda la documentación preparada para firmar un crédito de ¡Doscientos cincuenta mil euros y un aval de cien mil! Cortésmente nos invitó a pasar a un lujoso despacho donde esperaba el corredor de comercio, cosa poco habitual ya que normalmente te preparan una cita en la oficina de éste. Mientras preparaba mi ex-amiga la documentación, observé que me miraba con una expresión que parecía lastimosa y a Pepe lo hacía con suspicacia. Se me encendió la lucecita en el cerebro y de repente lo vi claro: la Directora conocía a Pepe y sabía que mi papel era el de primo en esa operación y que estaba siendo víctima de una encerrona. Por ser yo un antiguo conocido, me dio la impresión de que ella se sentía en cierto modo culpable, e inconscientemente me lo reveló dejando fluir la comunicación no verbal.

Me levanté del asiento que me habían ofrecido para firmar como si tuviera un resorte en el trasero, y apoyando ambas manos en la mesa manifesté que no iba a firmar nada. Argumenté que que no había tenido tiempo de pensar y necesitaba un par de días o tres para dirimirlo en casa con mi mujer. ¡Lo siento! Expresé orientando mi cuerpo hacia la salida.

Pepe, tratando de dar apariencia de normalidad al exabrupto, comentó con fingida normalidad al sorprendido corredor de comercio y la incomodada directora que no ocurría nada. Les dijo que en cinco minutos volvíamos, que íbamos a tomar una cerveza y me ayudaría a reflexionar. ¡Nada de reflexionar ahora! Comenté enfadado. – Me voy a seguir con mis cosas. Esta noche o mañana hablaré con quien tengo que hablar que es mi familia, y con lo que sea, te llamo. Gracias, pero sabes que no me gusta el alcohol ¡Disculpen señores, espero me entiendan! Les pedí saliendo con rápidas zancadas.

Cuando abandoné la sucursal respiré hondo, y a la segunda inspiración se me pasó la comezón de estómago. Me sentí tan aliviado que me entraron unas enormes ganas de hacer pis. Entré en el restaurante Rías Baixas y  pedí el tercer café de la mañana. La cafeína me ponía muy nervioso, pero en ese momento nada importaba nada. Sabía que me había librado de una trampa. Pasé al servicio y tras aliviarme en una larga meada, volví a la barra. Allí me esperaba el café… ¡Y Pepe! El mundo se vino abajo de golpe cuando le escuché:

– Soyu, sé que te sientes confuso, todo ha sido demasiado rápido. Tienes razón. Quizás podríamos retomar el tema mañana… ¡NO PEPE! ¡NO VAMOS A RETOMAR NADA! Le interrumpí casi gritando. Dejé unas monedas en la barra, y antes de que me diese la vuelta masculló airado:

– Mira Soyu, esto no va a quedar así. Te aseguro que vas a lamentar haberme hecho perder el tiempo. Ya encontraré la manera de joderte. Eres un pedorro y un calzonazos como todos los imbéciles de tus amigos. ¡Espero que no hables mal de mí porque te parto la cabeza!

Salí casi corriendo del restaurante en una huida que al que no supiera de qué iba la cosa le podría haber inducido a idear que marchaba sin abonar mi consumición. A los dos días – con mucho ojo de que el tal Pepe no andara cerca pues le tenía un temor horrible, no porque imaginara que podía ser violento, sino por que emocionalmente me sentía totalmente dominado por él – volví a la sucursal donde me llevó días antes y busqué con la mirada a mi conocida la directora. Justo salía de un despacho cuando nos encontramos cara a cara. Se quedó lívida al verme y no acertó a pronunciar  un saludo coherente.

Le solicité que fuéramos a una dependencia con suficiente privacidad para hablar. Me pasó a un habitáculo muy pequeño en la zona de empleados que ofrecía total intimidad. Nada más entrar e invitarme a tomar asiento, me presentó sus disculpas comentando casi en un murmullo que ella no podía hacer nada para evitar verse comprometida en “los líos de Pepe”. Por lo visto no era la primera vez que mediante el chantaje emocional sometía a terceros a su voluntad en contra de sus intereses. Era un tipo que lo tenía todo muy bien estudiado. Especialista en dejar enfangados a otros, iba cambiando de razón social cada año de una forma totalmente legal, me comentó. También me confesó que cuando me vio se sintió acongojada, pero que no pudo hacer nada, ya que Pepe “no se andaba con chiquitas”. Me aseveró que hacía tandem con un cuervo que ejercía de abogado y cuando alguien se les ponía en contra, sencillamente lo abatían con todo tipo de argucias y trampas legales.

Además me dejó notar que la tenía absolutamente dominada y ante él sentía pánico. Pero era tan persuasivo que no encontraba la forma de declinarlo como cliente. No ganaba tanto me afirmó como para ponerse a malas con nadie, y menos con tipos de esa calaña. Mientras las operaciones fueran claras para el banco – que lo eran – ella no podía hacer nada, me reveló humildemente.

Salí de aquella sucursal bancaria pensando lo indigna que es la vida para algunos… tener que financiar  a gente inocente sabiendo que un golfo les va a estafar lo tomado… Allá cada cual con su conciencia. No todo se debe hacer por el salario, para eso hay que tener pocos escrúpulos, discurrí sin eximir de culpa a mi antigua amiga.

Tardé meses en librarme de la desazón y del mal regusto que me dejó mi aventura con Pepe. Por fin entendí la verdad que encierra el sobrenombre de…

Pepe “El Vampiro”

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